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La huella ecológica de la electricidad: ¿Cómo medimos el impacto ambiental de la producción eléctrica?
Riesgos

Todas las actividades de generación, transporte y consumo de electricidad suponen un cierto nivel de riesgo: el almacenamiento de combustibles para centrales térmicas puede provocar incendios o explosiones, existe la posibilidad de rotura en presas de embalses hidroeléctricos y el mismo uso de la electricidad en los hogares puede conllevar peligros. No obstante, son las centrales nucleares las que reciben, con mucho, más atención a este respecto.

Centrales nucleares: organismos responsables de la seguridad

La fabricación de electricidad en centrales nucleares está sujeta a controles de seguridad tan rigurosos que la probabilidad de un accidente catastrófico es mínima. No obstante, episodios como el de Three Miles Island (1979, Estados Unidos) o Chernobyl (1986, URSS, actualmente Ucrania) muestran que nunca se debe descartar la posibilidad de un serio accidente.

Esta fue la principal razón por la que muchos países, entre ellos España, declararon hace décadas una moratoria nuclear, es decir, el cese de la construcción de nuevas centrales. Al mismo tiempo, la puesta a punto de técnicas de mejora de la seguridad y de planes de emergencia para la población mejoran continuamente.

La seguridad de las centrales nucleares está regulada por complejas y completas normativas que, en España, se remontan a 1959, 10 años antes de la apertura de la primera central comercial. El principal organismo competente en esta materia es el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), creado en 1980, que se encarga del control oficial de todos los aspectos de Seguridad Nuclear y Protección Radiológica.

Contaminación radiactiva

Las sustancias utilizadas como combustible en las centrales nucleares son elementos de elevado peso atómico y gran inestabilidad. Sus átomos emiten espontáneamente gran cantidad de energía en forma de radiaciones, en un largo proceso que les permite perder energía mientras se transforman en una sustancia inerte. Si estas radiaciones interaccionan con los seres vivos, producen súbitos incrementos de energía a escala molecular, con dañinas consecuencias para el sujeto expuesto.

Los daños pueden aparecer a corto plazo y causar la muerte del afectado en días, o bien manifestar su acción mucho más lentamente, a lo largo de décadas, provocando efectos indirectos como la aparición de tumores. Incluso pueden afectar levemente al sujeto expuesto pero gravemente a su descendencia, a través de las mutaciones inducidas en las células reproductoras de ovarios y testículos.

Todo esto es bien conocido cuando el sujeto ha sido expuesto a grandes dosis de radiación, pero es mucho más problemático establecer relaciones de causa - efecto cuando se trata de un débil incremento del nivel de radiación a largo plazo. En este caso, es necesario realizar estudios estadísticos de poblaciones completas expuestas, para determinar si la frecuencia de aparición de ciertos cánceres o malformaciones genéticas es superior a la media en una región determinada.

En funcionamiento normal, no se ha conseguido demostrar de manera concluyente un aumento del riesgo para la salud en las personas que habitan en el entorno de la central. Los índices estadísticos muestran que el riesgo asociado a la operación normal de una central nuclear es ínfimo, comparado con actividades cotidianas como fumar cigarrillos o viajar en automóvil.

Lógicamente, el entorno de las centrales nucleares es vigilado de manera rigurosa y continua para detectar cualquier elevación anormal de la radiactividad en la atmósfera, el agua o el suelo. Por estas razones, el esfuerzo principal se pone en la prevención de accidentes que supongan liberaciones peligrosas de radiactividad.

Prevención de accidentes

Reducir al mínimo posible la posibilidad de un accidente nuclear es una tarea muy compleja, que se lleva a cabo en muchos escalones o barreras sucesivas de protección. Es lo que se llama "defensa en profundidad": si un sistema de seguridad falla, quedan muchos más para evitar que tenga lugar un accidente.

Las barreras comienzan en la propia disposición del combustible nuclear, en pastillas encerradas en cilindros metálicos. A continuación, la vasija del reactor está encerrada por una carcasa de acero de gran espesor.

La siguiente barrera está formada por dispositivos de control automático de todos los parámetros de funcionamiento de la central: por ejemplo, una elevación anormal de la presión o la temperatura desencadena una secuencia que frena el funcionamiento del reactor. Estos sistemas están duplicados o triplicados para garantizar su buen funcionamiento en cualquier condición.

Por último, el edificio entero del reactor está rodeado de un grueso caparazón de hormigón, diseñado para resisitir cualquier incidencia, como por ejemplo un terremoto o el impacto de un avión.

Todas estas barreras automáticas serían de poco valor sin las continuas y rigurosas actividades de control del funcionamiento de la central. Estas revisiones se llevan a cabo por entidades independientes entre sí, para garantizar la calidad de la información obtenida sobre el funcionamiento de la instalación.



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